miércoles, 17 de septiembre de 2008

CARTA ABIERTA PARA MI HIJO MALCRIADO


Querido hijo mío:

El día domingo ya pasó. Es verdad, me reí de tu desgracia (que, por cierto, yo no la provoqué, sino que sucedió por tus propias malas acciones), pero entiende hijo mío que también estoy feliz por mi.

Desde que naciste, siempre te llevé bajo mi regazo, te protegí y orienté hacia donde tú debiste ir, me esforcé muchas veces por dejar de comer para que tu comieras, y hasta luché por ti para que también festejaras (recuerda tus títulos del 94 lo conseguiste cuando empaté con El Nacional y el del 2001 porque también empaté con Olmedo). Sin embargo, hay veces en la que un hijo pierde el respeto por su padre.

No te voy a negar, a veces me han dolido tus malacrianzas, pero siempre respeté tus ganas de superarte. Sin embargo, siempre lo hiciste de mala manera, tratando de compararte conmigo, tu padre, queriendo usurparte los tesoros más importantes de mi vida. Hace un par de años, el irrespeto llegó a su punto máximo. Es verdad, soy más viejo que tu y tal vez por eso me cueste un poco más reaccionar inmediatamente, pero recuerda que la experiencia siempre prevalecerá a tu inoperancia, a tu extrema madurez, la misma que te lleva a fracasar.

En tu etapa de adolescencia, hijo mío, te di todas las pautas para que seas un buen hombre, te llevé de la mano y te presenté con la gente adecuada (buenos futbolistas), te llevaba a los mejores eventos (Copa Libertadores), y cuando ya cumpliste la mayoría de edad, aún así te apoyaba económicamente (te llenaba el estadio para los clásicos), pero tu nunca valoraste mi esfuerzo, nunca valoraste mis consejos y quisiste independizarte y, lo peor de todo, pisotearme creyendo que eso me sacaría de la pelea por enseñarte lo que es mejor.

Desde hace un par de años, las cosas te vienen saliendo mal, y a mi también, pero créeme, yo tengo una vida llena de triunfos y éxitos, y eso me da fuerzas para luchar, además que todos saben que los ayudo para sus gastos personales. En cambio, tu te fuiste por un mal camino, quisiste emular mis logros y no lo lograste, viniste de tumbo en tumbo luchando por superar a tu papá, y eso estuvo mal. Padre hay sólo uno, hijo mío, y ese soy yo. Tu lo sabes, yo lo sé, sólo que tu no lo quieres aceptar.

Este año, tu cobardía llegó al extremo de empezar a salir con amigos raros (Liga), es más, se pusieron un divertido nombre paras identificar su buena amistad, llamándose Azulcenas, pero nunca me escuchaste, siempre te dije que ese amigo tuyo no te desea lo mejor, pero igual quisiste estar con él. Festejaste sus triunfos, aplaudiste cuando quisieron faltarle el respeto a tu padre, pero aún así no escuchaste mis consejos. Ahora tu amigo, ese bien raro, no te para bola, es más, después te dio una puñalada y te dejó con una herida abierta, y que pena que tampoco te acordaras que ese mismo amigo tuyo, años atrás, te había dado siete balazos en las piernas. ¿Quién te dio la mano? Tu padre. Pero claro, ya no te acuerdas.

Por eso, este domingo que pasó, te quise demostrar que debes respetar a tu papá. Por algo siempre te cobijé y ayudé en tus momentos malos, pero lo único que haces es intentar vencerme. Hijo mío, entiende algo, a tu padre no lo puedes superar, y no por ser fanfarrón. Sencillamente, yo te di la vida y por mi existes.

Yo quiero que superes tus barreras, que creas en ti, que seas un buen hijo. Aunque ya eres mayor, creo que aún no tienes la suficiente experiencia para estar solo, por eso algunos te llaman bobo o pitufo. Claro, tampoco quiero que te la pases junto a mi, pero creo que deberías aceptar mis consejos y no faltarme el respeto. Es que, si sigues así, otro de estos días te pego tres cocachos más por insolente.

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